Personalidad y carácter, posiblemente, lo mejor de un vino

ruedalabolablog

Una frase manida, cansina y abotargadora es la que asegura que, hoy en día, se hacen buenos vinos en todas partes. Sin entrar en discusiones -porque lo que probablemente queremos decir es que se hacen mejores vinos que nunca- es cierto que se ha avanzado muchísimo en todos los sentidos. Desde el conocimiento y tratamiento de cada uno de los parajes de viña, pasando por la apuesta por variedades diferentes y la recuperación de las tradicionales, hasta las formas y tecnologías de fermentación y crianzas. La profesionalización de la enología, la experimentación de novedosas técnicas de elaboración, la acertada mirada a lo mejor de la tradición para su puesta en valor, etc. Algo que, en principio, no tiene peros…

Sin embargo, todo este avance hacia la mayor calidad de los vinos en general, no sólo en nuestro país sino en todos los productores conocidos, ha hecho que el foco sea exactamente ese, hacer vinos perfectos, medidos, estandarizados, amables, sin tacha. Y todo ello entra en conflicto con lo fundamental, la personalidad, que nada tiene que ver con lo excelso ni lo indiscutido, elevando a dogma el ‘monogusto’, sino con una forma diferente, especial y única de entender un vino. Y todo lo que ello conlleva.

Hace poco leía un acertado comentario del sumiller Pedro Barrea que afirmaba que “lo que diferencia a un vino excelente de uno extraordinario o excepcional es la personalidad”. No puedo estar más de acuerdo. A partir de que un vino está bien elaborado, contiene la concentración y equilibrio necesarios, tiene que estar dotado de excepcionalidad y de identidad, tiene que tener distinción y diferenciación, tiene que ser identificable y heterogeneo. No hay duda, tiene que tener PERSONALIDAD, sí, con mayúsculas, o como dice uno de los más grandes, Mariano García, “con los años lo que aprendes es que tienes que volver a los orígenes, hay que hacer vinos con menos técnica. A mi los vinos perfectos no me gustan, por lo que la perfección técnica supone de pérdida de personalidad”.

También me gusta llamarlo CARÁCTER, ese conjunto de rasgos, cualidades o circunstancias que indican la naturaleza distintiva del vino, de su área de producción, de la sapiencia y manera de entender la viña de su elaborador y de su bodega. Principalmente, aquello (muchas veces indescriptible) por los que se distingue de los demás, lo hace único, y cuando te encuentras con ello te entregas a su peculiaridad, a ese atractivo que tiene la personalidad y el carácter.

Que los vinos tengan personalidad no significa que te tengan que gustar, porque es esta peculiaridad lo que les hace especiales, las que te acercan o alejan. Pero, desde luego, no te dejan indiferentes, tendrán siempre espacio en el recuerdo. Muerte a los vinos pusilánimes. Como las personas, los vinos tienen que contener en dosis reconocibles honestidad y desvergüenza, exageración y mesura, orgullo y dignidad. Ahora toca elegir, pero bendito problema…

No hay duda. Y para consagrarlo que lo diga otro grande, Josep ‘Pitu’ Roca: “el vino debe ser un espejo de quien está detrás de él, y por tanto contener pliegues de la personalidad del autor”. Así debería ser siempre, clásicos y modernos, varietales y multivarietales, complejos y sencillos… pero siempre diferentes. Lo dicho, con personalidad y carácter. O mejor aún, de manera más poética  y filosófica y, quizás, más acertada. ¡Viva lo vinos con ALMA!

 

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