El terruño de las raíces más próximas

Ruedalabola0319
En dos recientes viajes, uno por León y otro por Navarra, tuve ocasión de hacer el turismo que más y mejor realizo: el turismo de barra. Acompañado por amigos o por familia, pasé por tropecientos bares y disfruté de otros tantos vinos. Descubrí, repito, descubrí, a través de copas, nuevas tendencias, nuevas bodegas, nuevos elaboradores, raras variedades locales, sabores antiguos… Disfruté de la conversación sabia con ‘taberneros’, que presumían de lo que nos servían. Porque para ellos era su vino, el de su zona, el de ‘vecindad’, el de la tierra.

Muero de envidia. Y rabio porque no ocurra en todos los sitios. Y me pregunto si en otras partes no ocurre por una mezcla de complejos, desconocimiento, catetismo y falta de miras, mezcla letal que resulta difícil de solucionar.

Hay dos Españas. Sí, el caínismo tan ibérico también supura en el consumo habitual de vinos. Existe una España en la que cuando te acercas a sus barras te ofrecen vinos de la zona, lo que llaman en gastronomía ‘producto de proximidad’. Otra en la que lo que te ofrecen -prioritario y en ocasiones en exclusiva- está elaborado a partir de trescientos kilómetros de distancia y de ahí en adelante. Una España en la que presumen de lo bien que lo están haciendo sus bodegas, apuestan por ellas y saben sacarles provecho. Otra en las que los hosteleros pasan cuatro horas en un autobús para visitar zonas productoras tradicionales, pasando sin parar, ni siquera mirar por la ventanilla, por proyectos personales  y singulares a escasos kilómetros de su local.

Se nos llena la boca de predicar que vivimos en un país en el que se hacen buenos vinos en toda su geografía. En la que acodados en la barra presumimos de cuánto ha aumentado la calidad de los vinos en los últimos años. Los más eufóricos se envalentonan elevando nuestros vinos por encima de la calidad de franceses e italianos… Pero luego esa diversidad sólo llega a unos pocos privilegiados. A media España. Porque en la otra -salvo honrosas, necesarias y crecientes excepciones- siguen ofreciendo como opción una o, como mucho, dos regiones (o mejor dicho, dos Denominaciones de Origen).

Nada malo se puede decir de ambas, pero existe una responsabilidad pedagógica en la hostelería, se les debe pedir una amplitud de miras hacia lo local, ni exclusiva ni excluyente. El consumidor de vinos está cambiando a la misma velocidad que la oferta productiva. Y quiere descubrir y variar, pretende complementar y contar, necesita amplitud y selección. Y el de la tierra quiere sacar pecho de ‘lo suyo’. Y el foráneo quiere disfrutar de la autenticidad, de lo local, sobre todo cuando es bueno.

Sólo se requiere un poco de esfuerzo y confiar en lo cercano, en el terruño de las raíces más próximas. Para llegar a conocer el mundo hay que saber andar por casa, nada es exclusivo ni sustitutivo, pero hagamos todos un esfuerzo de apostar, de confiar, de diferenciar, porque nunca como ahora lo vamos a tener tan fácil. Tan buenos vinos, y consumidores tan entregados.

 

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